Si primero están los datos, los números negativos del Indec sacuden la economía de Javier Milei
Los últimos datos difundidos por el Indec confirmaron que la economía bajo la presidencia de Javier Milei atraviesa una fase contractiva que golpea de manera directa a los hogares y a la producción. Según las estadísticas oficiales del segundo trimestre, el Producto Interno Bruto registró una caída frente al período anterior, mientras el desempleo y la informalidad laboral avanzan sobre un mercado de trabajo ya deteriorado. Al mismo tiempo, el consumo privado y público, la inversión y las importaciones se retraen en simultáneo, configurando un escenario de ajuste generalizado que desmiente el optimismo del discurso libertario.
En el detalle de las cuentas nacionales se observa que el consumo privado se desplomó, reflejando el impacto de la recesión en las clases medias y bajas, que recortan gastos básicos ante la pérdida de ingresos y el encarecimiento del costo de vida. El consumo público también retrocede, en línea con la política de recorte del gasto estatal, mientras que las importaciones bajan por la menor actividad y la caída de la demanda de insumos y bienes de capital. El dato más inquietante para el relato oficial es el comportamiento de la formación bruta de capital fijo, que vuelve a mostrar un resultado negativo y acumula una fuerte caída interanual, señal de que la inversión productiva está prácticamente paralizada.
Esta contracción no se registra solo en las planillas macroeconómicas: se traslada de lleno al mundo del trabajo. El informe del Indec da cuenta de un aumento de la tasa de desempleo, que se ubica por encima de los registros del año pasado, al tiempo que crece la informalidad laboral hasta alcanzar un nivel récord cercano a la mitad de la fuerza laboral ocupada. Son millones de personas que trabajan sin derechos básicos, sin estabilidad y con ingresos que pierden contra la inflación. La creación de empleo formal se frena, mientras se multiplican los puestos precarios, el pluriempleo y las changas, especialmente en los sectores más vulnerables.
En paralelo, los indicadores sectoriales exhiben una economía real que se desangra. La industria manufacturera acumula varios meses de caída, con retrocesos intermensuales e interanuales que golpean de lleno a ramas clave como automotores, textiles, calzado y maquinaria, donde se registran descensos de dos dígitos en la producción. La construcción tampoco encuentra piso: el índice oficial muestra que la actividad se hunde tanto en la comparación mensual como frente al mismo período del año anterior, reflejando la parálisis de la obra pública y el freno en proyectos privados. En conjunto, estos datos contradicen la narrativa de un “modelo en marcha” y exponen la profundidad del ajuste sobre el aparato productivo.
El contraste entre las cifras del Indec y el discurso presidencial se vuelve cada vez más evidente. Mientras la Casa Rosada insiste en que el “experimento libertario” abrirá la puerta a una lluvia de inversiones y a una recuperación vigorosa, los números señalan una economía que se achica, invierte menos, produce menos y genera empleos de peor calidad. La consigna oficial de que “primero están los datos” se vuelve contra el propio gobierno: en la Argentina real, donde el desempleo, la informalidad y la caída del consumo ya son parte de la vida cotidiana, las palabras quedaron en segundo plano y son las estadísticas las que dictan sentencia sobre el rumbo económico de Javier Milei.
